La combinación de condiciones climáticas extremas y vegetación inflamable desató incendios sin precedentes en España en 2025.
El pasado agosto, el noroeste de la Península Ibérica vivió un verdadero desastre ecológico con la quema de una superficie sin precedentes, atribuida en gran parte a condiciones meteorológicas extremas y a una vegetación altamente combustible. Estos incendios han establecido un nuevo récord histórico en cuanto al área afectada.
Este territorio, que representa apenas un 2% de la extensión de la Unión Europea, soportó en agosto más de la mitad del total de 540.000 hectáreas quemadas en toda Europa entre enero y agosto. Un claro indicativo de la gravedad de la situación que se respira en la región.
La investigación, liderada por un grupo de expertos del Grupo de Modelización Atmosférica Regional de la Universidad de Murcia, en colaboración con diversas instituciones como el Centro de Investigaciones sobre Desertificación y la Universitat de València, ha analizado aspectos climáticos y la vegetación de las áreas afectadas.
Los resultados de este estudio, publicados en la revista Global Change Biology, indican que estos incendios no fueron episodios aislados, sino parte de un patrón que coincidió con una ola de calor que se extendió por el suroeste europeo durante 16 días, creando un entorno perfecto para la expansión del fuego.
Marco Turco, investigador de la Universidad de Murcia, advirtió que el Índice Meteorológico de Peligro de Incendios alcanzó su nivel más alto en los últimos 40 años en esta región, lo que evidencia la gravedad de las condiciones meteorológicas que se vivieron.
Sin embargo, el estudio aclara que aunque las condiciones climáticas extremas son un factor esencial, no son la única explicación para el alcance de los incendios. La naturaleza de la vegetación afectada también juega un papel crucial. Juli G. Pausas, coautor del estudio, enfatizó que los tipos de vegetación, como los matorrales y pinares, fueron los más propensos a arder, a diferencia de otras especies más resilientes.
Cristina Santín, del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad, apuntó que los bosques autóctonos, como los de roble, presentaron una resistencia sorprendente y se quemaron en menor medida de lo esperado, desafiando la narrativa mediática que sugería que las áreas protegidas eran más vulnerables.
Ante la posibilidad de que eventos como estos se repitan en el futuro, los investigadores subrayan la necesidad de adoptar un enfoque proactivo en la gestión de incendios, transformando la estrategia de reacción a una de prevención. Consideran que la resiliencia frente a los incendios debe ser tratada como una cuestión de seguridad nacional.
Dominic Royé, investigador de la Misión Biológica de Galicia, concluyó que para asegurar que veranos como el de 2025 permanezcan como excepciones, es imperativo actuar en diversos frentes relacionados con el riesgo y la vulnerabilidad, promoviendo una adaptación y mitigación coordinadas que salvaguarden el patrimonio natural de la región.
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